Etiqueta: literatura
Llave Maestra 1: ANNE SEXTON
by keymaster on May.12, 2010, under Artículos Llave Maestra, Llave Maestra
ANNE SEXTON: TRANSFORMACIONES
por SERGIO MONSALVO C.
Los literatos y filósofos han hablado de una situación humana a la que se ha llamado “locura”. Cuestión inaprehensible que existe muy claramente en la tradición literaria y que le ha proporcionado una imagen. Dicha tradición humanística es la que ha mantenido entre nosotros ciertos grandes modelos heredados del mundo greco-latino y en los que se encuentra exaltada una locura divina, una “furia” liberadora, superior a las normas y a las restricciones impuestas por una razón de cortos alcances.
En sus escritos, Platón distinguió varias clases de locura, Primordialmente enviadas por los dioses y que se dividen en la de la adivinación, dada por Apolo; la de la iniciación mística, otorgada por Dionisos; la poética, recibida de las Musas y la erótica, insuflada por Afrodita. Cada una de ellas es una especie de gracia divina, un retorno a la beatitud del ser puro. De esta forma puede considerarse que los sueños, la agonía y la locura son estados privilegiados en los que el alma o el espíritu ve o viaja sin trabas y tiene acceso a conocimientos que habitualmente le están vedados.
La tradición literaria desde entonces ha confeccionado un gran número de obras con este tema. El loco para Shakespeare era portador de una función literaria muy precisa: como proclamador de la verdad. Acusa a la cordura de este mundo como aliada de otra que no lo es. No hay un loco, en la buena literatura, que no sea instrumento de una razón superior. Don Quijote, por su parte, es portador del sentido como símbolo de la razón crítica que denuncia los efectos perniciosos de una realidad humana. El “desorden sistemático de todos los sentidos” en Rimbaud, otro ejemplo, es una etapa que enriquece la experiencia vital. Hamlet y el spleen baudelaireano son otras fuentes literarias donde la locura, y la melancólica imagen que se ha formado de ella, se ha convertido en ese arte platónico que se exacerba hasta volverse agonía y sufrimiento por la eterna inarmonía del mundo.
El novelista, ensayista y biógrafo austriaco Stefan Zweig escribió que “todo espíritu creador cae infaliblemente en la lucha con su demonio. Pero es en los que sucumben en esa lucha donde podemos ver mejor los rasgos pasionales de la misma, y en primer lugar en el tipo de poeta que es arrebatado por el suyo”. Para muchos seres imaginativos la poesía es una forma de exaltación que los consume, dilata y termina por destruir. Conocen y temen esa exaltación de la que son portadores, pero de igual modo se sienten atraídos por ella, pues su arte consiste en esta visitación y padecen de una manera infinita la unidad de belleza y muerte. Su arte es su igualmente perdición.
Éste se exacerba hasta volverse agonía. De tal suerte el talento poético no es otra cosa que una forma de demencia. Como se ha visto, para Platón esta locura era sagrada y su sabiduría profunda. Sin embargo, ya pasaron los tiempos en que esta locura despertaba respeto y aumentaba el prestigio del poeta. El sufrimiento de éste, su falta de armonía, en la época que vivimos ya no se considera sagrado sino patológico. La medicina ha llamado a la locura con diversas etiquetas que, a fin de cuentas, no iluminan el enigma de la vida y olvidan el hecho de que existe un sufrimiento creativo y otro destructivo. Y éste, para quienes sólo tienen conocimientos científicos, resulta sospechoso y sólo pueden explicarlo como una enfermedad.
Muchos locos geniales que han vivido entre nosotros como artistas y que han interpretado la locura como un acto de soberanía que desafía a la razón opresora, serían para la mayoría de los psicólogos y doctores de hoy sujetos de hospitalización y catalogación médica; sus obras, claros cuadros clínicos y la historia de la literatura, un auténtico manicomio. La obra de cada uno de ellos ha revelado, finalmente, cómo resuelven su problema moral, separados de los demás en la soledad. Tal es el caso de Anne Sexton, la poeta estadounidense.
Ella nació como Anne Gray Harvey en 1928 en el estado de Massachusetts. Fue becaria de la Academia Norteamericana de Artes y Letras. Estuvo nominada para el Premio Nacional del Libro por su volumen de poemas All My Pretty Ones y en 1967 le otorgaron el Premio Pulitzer de Poesía por el libro Live or Die, entre otros muchos reconocimientos. No obstante, entre la publicación de libros y el recibimiento de honores, los padecimientos mentales siempre hicieron acto de presencia. Ni médicos ni tratamientos pudieron ayudar a esta talentosa y atormentada escritora.
En Transformations (1971) -libro del que Ediciones Fósforo con el título de Transformaciones presenta una selección de poemas traducidos por Angelika Scherp–, la autora reunió una serie de textos del género confesional, pero recubiertos con una capa de burla social mediante referencias a los cuentos de hadas clásicos (Blancanieves, Rapuntzel, Cenicienta, Caperucita Roja, Hansel y Gretel, La Bella Durmiente, et al). Su visión irónica va dirigida a la mujer contemporánea, víctima predilecta de una sociedad que la somete al vergonzoso juego de las representaciones recurrentes: la belleza como obligación, el matrimonio y los hijos como destino, la domesticidad como tarea cotidiana, etcétera.
En sus escritos, Anne Sexton siempre buscó explorar inexorablemente los temas que la obsesionaban. Transformaciones no es
la excepción, como se podrá dar cuenta el lector de este poemario: el amor, la pérdida, la locura, la naturaleza de las relaciones humanas y familiares y sobre todo la muerte, vuelven a estar presentes. En la poesía de la Sexton puede descubrirse cómo la poeta se identifica una y otra vez a sí misma en relación con el Otro masculino, ya sea en la persona de un amante o en la del padre omnipresente.
LA BELLA DURMIENTE
(fragmento)
Al cumplir quince años
se pinchó el dedo
con un huso chamuscado
y se detuvieron los relojes.
Sí, en efecto. Se durmió.
El rey y la reina durmieron,
los cortesanos, las moscas en la pared.
El fuego en el hogar quedó inmóvil
y la carne asada dejó de crujir.
Los árboles se convirtieron en metal
y el perro en porcelana.
Todos estaban en trance,
catatónicos,
atorados en la máquina del tiempo.
Incluso las ranas eran zombies.
Sólo creció un rosal silvestre
y formó un gran muro de tachuelas
alrededor del castillo.
Muchos príncipes
trataron de atravesar las zarzas
porque habían oído de Aurora,
pero no se habían fregado las lenguas
y fueron detenidos por las espinas
y crucificados.
En su debido momento
transcurrieron cien años
y un príncipe logró pasar.
Los rosales se separaron como para Moisés
el príncipe halló intacto el cuadro.
Besó a Aurora
y despertó con la exclamación:
¡Papá! ¡Papá!
¡Listo! ¡Salió de prisión!
Se casó con el príncipe
y todo estuvo muy bien
salvo el miedo…
El miedo a dormir.
Aurora padecía insomnio…
No podía dormitar
Ni acostarse a dormir
sin que el farmacéutico de la corte
le mezclara una gotas de inconsciencia
y nunca ante el príncipe.
Si ha de llegar, afirmó,
el sueño debe agarrarme desprevenida
mientras me río o bailo
para que no conozca ese lugar brutal
donde me acuesto con púas de ganado,
abierto el agujero en mi mejilla.
Además, no debo soñar,
pues entonces veo puesta la mesa
y una bruja temblorosa en mi lugar,
los ojos quemados por los cigarrillos
mientras come la traición como una rebanada de carne.
No debo dormir
pues cuando duermo tengo noventa años
y creo que me muero.
La muerte resuena en mi garganta
como una canica.
Traigo tubos como aretes.
Me quedo tan quieta como una barra de hierro.
Pueden perforarme la rodilla
con una aguja y no me moveré.
Estoy llena de novocaína.
Esta chica en trance
para hacer de ella lo que quieran.
Podrían meterla en una tumba,
un paquete terrible,
y cubrirle la cara de tierra
y nunca llamaría: ¡Hola!
Pero si la besaran en la boca
abriría los ojos de golpe
y exclamaría ¡Papá! ¡Papá!
¡Listo!
Salió de prisión.
Hubo un robo.
Hasta ahí me platican.
Fui abandonada.
Hasta ahí estoy enterada.
Fui obligada a retroceder.
Fui obligada a avanzar.
Fui pasada de mano en mano
como un plato de fruta.
Todas las noches me clavan en mi lugar
y olvido quién soy.
¿Papá?
Esa es otra clase de prisión.
No es el príncipe
sino mi padre
ebrio, inclinado sobre mi cama,
rodeando el abismo como un tiburón,
mi padre, grueso, encima de mí
como una medusa dormida.
¿Qué viaje es éste, niña?
¿Existe salida de la prisión?
Que Dios nos salve–
¿existe vida después de la muerte?
A intervalos diferentes Anne Sexton pasó por varias instituciones médicas sin resultado alguno. En mayo de 1974 tomó una sobredosis de somníferos, pero una amiga frustró el intento de suicidio. Sin embargo, en octubre del mismo año, en la época de su cumpleaños, nadie pudo impedir la consumación del último intento (al inhalar monóxido de carbono dentro de su auto). Anne Sexton murió a la edad de 46 años.
El médico-poeta alemán Gottfried Benn escribió que “se puede comprobar, estadísticamente, que la mayor parte del arte de los últimos siglos es el arte exaltado de psicópatas, de alcohólicos, anormales, vagabundos, degenerados, expósitos, neuróticos, deformes, tuberculosos, atormentados: ésa fue su vida, y en las bibliotecas y museos del mundo están sus bustos y expresiones, y sobre ellos se alzan sus obras inmaculadas, eternas, flor y luz del mundo”.
Peter Gabriel, uno de los tipos más sensibles, creativos y polifacéticos que ha dado la música contemporánea, le dedicó la pieza “Mercy Street” –título tomado de un texto de la escritora– en su disco So, un auténtico manifiesto musical de conscientización social y de observación de las relaciones interpersonales, conmovido por la profundidad de sus escritos y desdicha. El Peter Gabriel que eleva un drama humano hacia lo universal con la música.
Anne Sexton, Transformaciones. Selección y traducción de Angelika Scherp, primera edición en Ediciones Fósforo, México, D.F., 2009. Peter Gabriel, So, Virgin Records,1986.




