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Llave Maestra 7: Kurt Cobain, una muerte misteriosa
by keymaster on Jul.07, 2010, under Artículos Llave Maestra, Llave Maestra
KURT COBAIN
UNA MUERTE MISTERIOSA
por SERGIO MONSALVO C.
Tres personajes de esta historia contemporánea comunican sus descubrimientos, convicciones y sospechas. En conjunto no demuestran que Kurt Cobain fuera asesinado entre el 3 y 4 de abril de 1994, pero quizá brinden motivos suficientes para dudar del suicidio… y seguir especulando.
El primer personaje es Tom Grant, un detective conocido y fisgón, que se encarga de casos de celebridades, pero no por eso menos quisquilloso y obsesivo con sus casos. Grant podría ser el protagonista de una serie de televisión de tercera categoría: en el momento de comenzar esta historia se encuentra alfilo de su quinta década, tiene siete nietos, en algún momento de su vida fue siete años policía en Los Ángeles (a fines de los sesenta), ahora es detective privado con su propia agencia: The Grant Company. No se ha podido pensionar, pero espera sacar a la larga una buena tajada de tan turbio asunto.
Cuando Grant recibió una llamada de Courtney Love, entonces esposa del músico en cuestión, el 3 de abril de 1994, domingo de Semana Santa, no sabía quiénes eran Kurt Cobain ni el grupo Nirvana. Sin embargo, o por lo mismo, Courtney le encargó averiguar quién estaba haciendo compras con la tarjeta de crédito de su desaparecido esposo. Para Grant era un trabajo entre muchos, pero la situación se modificaría pronto para la vida de todos los involucrados.
Esa misma tarde, cuando Grant se reunió con ella en el elegante hotel Peninsula de Beverly Hills, su impresión cambió. “La rubia admitió que el propio Cobain estaba usando la tarjeta de crédito, no otra persona, y que sólo me contrató porque quería encontrarlo. En ese momento comenzaron los enredos”.
Cobain había desaparecido. Nadie lo había visto desde que abandonó el Recovery Center, una clínica de desintoxicación de drogas ubicada en Marina del Rey. ¿O acaso sí sabría alguien dónde estaba?
Al menos dos personas tenían una idea de dónde podía estar: Cali De Witt, la nana de los Cobain, quien vio a Kurt el 2 de abril de 1994 en su casa de Seattle e informó a Courtney al respecto. Courtney le ocultó este dato al detective y así retrasó sus indagaciones en forma decisiva. ¿Sería adrede? Según Grant, Cobain murió el 3 o el 4 de abril de 1994 (el parte policiaco asienta que fue el 5), pero él no llegó a Seattle hasta el día 6, demasiado tarde para impedir nada.
Al llegar a Seattle, el detective Grant fue recibido por Dylan Carlson, cantante y guitarrista del grupo Earth y compañero de drogas de Kurt. Carlson le mostró la casa de aquél. Grant revisó toda la propiedad, menos el invernadero. “Sólo es un cuartucho mugroso”, indicó Carlson terminantemente cuando el detective le preguntó al respecto. Dos días después, la mañana del 8 de abril de 1994, un electricista descubrió el cadáver de Kurt Cobain en ese “cuartucho mugroso”.
Aún tenía en la mano una escopeta Remington M-11, propiedad de Carlson. Una sola carga le había atravesado la cabeza a través de la boca. A su lado estaba una carta. La típica escena de un suicidio. Eso opinó el departamento de homicidios de Seattle. De acuerdo con Grant, estaban “molestos” por tenerse que ocupar el asunto. “No lo hubieran investigado normalmente; sólo lo hicieron porque el muerto era Kurt Cobain.” El detective por lo tanto no se sorprendió cuando un mes más tarde, en un comunicado de prensa, la policía descartó todo “juego sucio” en relación con la muerte del músico.
Sin embargo, Tom Grant no se dio por satisfecho. Quizá lo motivó la curiosidad. También pudo ser el orgullo profesional herido, porque no él sino un electricista había hallado el cadáver. O bien un simple deseo de notoriedad. En todo caso, siguió investigando a Cobain. Ocho meses después hizo públicos los resultados: una hipótesis en cuanto a un motivo para el asesinato de Kurt Cobain. Según el detective, Courtney Love tenía un motivo para deshacerse de su marido, el más antiguo del mundo en cosas de asesinatos: el dinero.
Grant averiguó que Cobain quería divorciarse de ella y darle la espalda para siempre a la industria musical. Cobain se había reunido con Rosemary Carroll, una abogada del matrimonio, para informarle que quería borrar a Courtney de su testamento. Más aún: Grant sigue convencido de que la nota de despedida no es la nota de un suicidio, sino sólo la de un músico que quiere decirle adiós a sus fans antes de retirarse del negocio: “La carta no iba dirigida a Courtney ni a Frances (su hija), y Cobain no alude al suicidio con ninguna palabra.”
El temprano retiro de Kurt de hecho hubiera reducido drásticamente los ingresos del matrimonio. La simple negativa a encabezar la gira Lollapalooza de 1994 con Nirvana había privado a Kurt de nueve y medio millones de dólares. De haberse desintegrado el grupo y tras el divorcio, se habría acabado la vida regalada para Courtney. Una vez aclarado el motivo, Grant presentó públicamente sus cavilaciones acerca del “suicidio” como tal.
La teoría de Grant es que Kurt sabía que alguien lo quería eliminar. Estaba metido en su invernadero como en una torre de vigilancia, con la escopeta lista que le había prestado Carlson “para su protección”, según le había dicho Kurt. Tenía miedo y quería abandonar Seattle en las próximas horas, quizá al otro día. Entonces recibió una visita, la de alguien conocido. Aparecieron las drogas y Kurt empezó a inyectarse heroína:
“Al morir, Kurt tenía lo triple de una dosis mortal de heroína en las venas. La cantidad no necesariamente tendría que acabar con un junkie experimentado. Sin embargo, era suficiente para sacarlo de la jugada. Es muy improbable que se haya inyectado en ambos brazos, guardado sus enseres y quedado en condiciones todavía de pegarse un tiro. Estaba desmayado o tan indefenso que cualquiera podía haber hecho cualquier cosa con él…”
“Cualquier cosa” desde luego significa: agarrar la escopeta, dispararle a la cabeza, acomodar el arma en la mano del cadáver y desaparecer. El trabajo limpio de un asesino a sueldo. Pero ¿quién pudo haber sido?
Uno que cumple con el perfil asesino es El Duce, cantante del grupo de porno-metal The Mentors. Un tipo corpulento, con el torso obeso, siempre desnudo y con una máscara negra ocultándole la cara, durante sus conciertos El Duce tenía (y tiene) una imagen brutal, aterradora; sólo le faltaba el hacha para completar la facha del verdugo medieval.
De ser cierta la historia que cuenta, también Courtney Love percibió en él al verdugo. De otra manera no le hubiera hecho una oferta tan buena que El Duce no la hubiera podido rechazar.
Una noche a fines de diciembre de 1993, El Duce estaba parado delante del Rock Shop, una tienda de discos en Hollywood. De repente se detuvo una limusina. Salió Courtney Love. El Duce y Love se conocían desde fines de la década anterior, cuando la baterista de Hole, Carolyn Rue, y el guitarrista de los Mentors, Sickie, formaban una pareja. Courtney le gritó:
“¡Oye, Duce! Tienes que hacerme un favor. Ultimamente mi viejo se ha convertido en una molestia. Tienes que volarle la cabeza. Te pago 50 mil dólares. ¿Dónde te encuentro?”
El Duce no tenía teléfono en ese entonces y le dio el número del Rock Shop. “Puedes dejarme recados aquí. Si lo dices en serio, yo te cumplo”. Con esas palabras se despidió de Love. Karush, el gerente del Rock Shop, presenció el hecho. “El estaba parado delante de la tienda cuando llegó Courtney Love. No escuché todo, pero sí que ella le preguntó: ‘¿Puedes hacerlo? ¿Lo harás por mí? ¿Cuánto quieres?’ Era evidente que hablaban de matar a Kurt Cobain. Luego entraron. El susurró: ‘Me ofreció 50 mil dólares.’ Le di mi número y prometió hablar y preguntar por El Duce.”
Courtney de hecho se comunicó en marzo. El gerente contestó, pero tuvo que informarle que El Duce se encontraba de gira. “Ella empezó a gritar: ‘¡Maldito! Teníamos un acuerdo. ¿Qué voy a hacer ahora? ¿Qué voy a hacer?’ Se puso histérica y le colgué.”
Diez días más tarde Cobain había muerto. Ambos, El Duce y el gerente, alimentaron la misma sospecha: “Debe haber encontrado a otra persona para hacerle el trabajo.” El Duce está seguro de que Love organizó el “suicidio”: “Kurt quería divorciarse de ella, porque lo engañaba todo el tiempo. Lo mandó matar para quedarse con la pasta”. El Duce es un tipo que no ha tenido inhibiciones para vender su teoría al mejor postor y fundar, además de los Mentors, un segundo grupo llamado Courtney Asesinó a Kurt.
Hank Harrison, el último personaje de este cuento policiaco parece más digno de confianza. Por una razón muy sencilla: Hank Harrison es el papá de Courtney Love. Cabe señalar que la relación entre padre e hija no es muy buena. Courtney se ha distanciado de él muchas veces con sus afirmaciones públicas. Lo ha calificado de padre desnaturalizado y parásito, que vive de la explotación de sus viejos contactos con los Grateful Dead. (Harrison escribió dos libros sobre el grupo, The Dead Book y Dead.)
También es cierto que Harrison y su hija no han tenido contacto personal desde 1993, y que el primero nunca conoció ni a Kurt Cobain ni a su nieta Frances. Sin embargo, el hecho es que se trate de su padre, quien la crió hasta los seis años de edad, junto con su madre Linda Carroll. También es quien la recibió entre los 15 y los 18 años, cuando a ella la habían soltaron tras cumplir una condena en un centro correccional por robo en una tienda. La verdad es que, cuando se trata de Courtney Love, Harrison no habla de una extraña, sino de su propia hija. Y Harrison sigue hablando.
En forma independiente de Tom Grant, Harrison llegó a la conclusión, al poco tiempo de la muerte de Kurt, de que el asunto era sospechoso. Cuando se enteró de las acusaciones de Grant contra su hija, casi se sintió aliviado: “No es que quiera ver a mi hija en la cárcel. Pero me dio gusto saber que no era el único que alimentaba esa sospecha.”
La duda de Harrison se basa sobre todo en su conocimiento de la psique de su hija: “Es casi como si Courtney tuviera personalidades múltiples, y una de ellas fuera muy malvada, realmente enferma. En dos ocasiones intentó matarme. Hace poco tiempo, dos tipos trataron de darme una paliza. Supe que me encuentro en su lista negra y que ha puesto un precio a mi cabeza.”
Hank Harrison está convencido de que su hija tuvo algo que ver con la muerte de Kurt. “Creo que lo narcotizaron y lo mataron. No pienso necesariamente que se haya tratado de gente dirigida por Courtney. Sin embargo, aunque no haya intervenido directamente en el asesinato, estaba enterada y no dijo nada.”
También Harrison menciona la amenaza del divorcio como un posible motivo: “Kurt quería divorciarse. Ella no. Lo engañaba. Kurt hubiera tenido que ser muy liberal para que eso no lo molestara. Lo molestaba mucho. Aunque realmente se haya suicidado –lo cual dudo mucho–, por lo menos sé por qué: Courtney lo desmoralizó por completo.”
Grant, Harrison y tenían aún la esperanza de sacudir a la opinión pública lo suficiente con sus declaraciones para que la policía de Seattle reabra el caso. “Entonces toda la sarta de mentiras se derrumbará como un castillo de naipes”. El Duce, incluso pasó por el polígrafo de las autoridades, pero éstas desecharon el documento. Curiosamente, este personaje murió arrollado por un tren en Los Ángeles en abril de 1997, en circunstancias aún confusas.
Por su parte, es posible que Grant esperara incrementar su clientela debido a su nueva notoriedad. Cosa que así sucedió, incluso llevó el caso de una mujer que se decía involucrada con el presidente Clinton. Hollywood todavía lo mantiene trabajando con escándalos menores a lo L.A. Confidential.
Quizá Hank Harrison tenga la intención de mejorar las ventas de su siguientes libros: sobre los legados de Kurt Cobain o asuntos semejantes.
¿Y Kurt Cobain? Bueno, él ya no tiene nada que ver con todo esto. Es una leyenda.
¡Vaya ?urt!, moriste a los 27 años, como los nuevos dioses. Como Jim , Jimi o Janis. Tu grunge, desde el punto de vista de Nirvana (tu grupo), era rock, simple y sencillo, nada más. Como aquél de pelo largo y los mitos gastados de tanta revisita. Era un sueño de niño, tu sueño.
El tuyo, Kurt/Nirvana, era un rock de fan. De metal punketa: ubicado estilísticamente entre Black Sabbath y los Sex Pistols. Un rock de guitarras pesadas. Nacido en una época en la que todo aquello se había banalizado hasta la ignominia. Tanto que, según la industria y los medios que sólo ensalsan la novedad, se había hecho tan viejo que ya nadie debía tenerle fe. Mucho menos tú Kurt Cobain. Única estrella efectiva de ese movimiento inepto.
Fuiste el niño de tu sueño que descubrió el opio “para imitar a Keith Richards” y hacer lo mismo “que en los libros de William Burroughs”. Fuiste un niño que quiso ser estrella de rock en una época en que –decían– eso ya no existía. O que los riffs de la guitarra o la lógica binaria habían perdido la fuerza. Eso decían, me cae.
Tú lo sabías. Siempre lo supiste. El tuyo era un rock reciclado. El rock del fan tocado sobre una guitarra Fender Jazzmaster de los sesenta. Vivías en un mundo en que –decían– “te dedicabas al rock”, pero no como el deportivo de David Lee Roth, o el higienizado de Phil Collins, o el clonado de Gary Moore o quien sea. No, tú eras un niño que soñabas con la historia. Con ser un héroe adolescente eterno, una flor de cementerio. Como Antonin Artaud o como Silvia Plath. Por eso el éxito te deprimía.
Era una problema soñar con los Bad Seeds de Nick Cave y reencontrarte metido por las revistas rosas en la piel de George Michael. Los Beatles, los Stones, incluso los Sex Pistols conocieron esta situación antes que tú. El éxito irreal y la presión. La pérdida de control. Alcanzaste un punto en que ya no era posible sabotear tu carrera ni siquiera con mala voluntad o adicciones. Todo te lo pasaban. Pese a tus esfuerzos por ser responsable, a tu negativa, por ejemplo, a proclamar tu toxicomanía, solías ser presentado, junto con tu esposa Courtney, como una parodia de la pareja Sid Vicious y Nancy Spungen.
Después de Nirvana, ya no fue posible dedicarse decentemente al rock. La historia de aquel niño que fuiste es la historia de este dilema. Tres álbumes explosivos. Y siguió vivo el adolescente. El éxito mundial, una mujer famosa, una hija y todo el dinero necesario para comprar todas las guitarras Grestch White Falcon del mundo y todos los discos raros y de colección. ¿Para hacer qué con ellos?, si el mundo en que vivías como niño era un mundo en que la pieza ya había sido tocada –decían–. Ya no existía ningún jardín secreto. Para nadie. Ningún terreno reservado. La era de la comunicación, de la tecnología, de la vulgarización. Todo ya estaba ahí—decían–. La trampa se cerró sobre de ti.
La lógica iniciática dejó de existir, dijeron. Ya nadie se hace rocanrolero imitando a un redentor, como tú. Los riffs, como las prácticas ocultas, ya no se deben indagar ni estudiar. Ya están listas para usarse y bien deletreadas, pueden encontrarse en cualquier publicación. Para decir exactamente lo mismo –un fuerte “Help!”–, Lennon se permitió la gracia y la insinuación, mientras que tú debiste aullarle a la muerte con voz átona, desgarrar tus jeans, que después usó ya todo el mundo prêt-à-porter, desde cualquier actorcito de telenovela o un Jr., hasta cualquier cantantita de pop o niña rica.
El niño había vivido su sueño: ser el rock, en una época en que eso ya no existía –dijeron.













