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Llave Maestra 15: Rodar y rodar

by keymaster on Sep.01, 2010, under Artículos Llave Maestra, Llave Maestra

RODAR Y RODAR
(CICLISMO DE PLACER)
por SERGIO MONSALVO C
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I.- RAYOS Y OTRAS PECULIARIDADES

La bicicleta es uno de los transportes más antiguos en el mundo. Hay testimonios de su uso que se remontan hasta la antigüedad egipcia, china e india. Su desarrollo ha sido ininterrumpido y cada día hay modernidades que se le agregan a su diseño. Sin embargo, fue el italiano Leonardo da Vinci quien preludió en sus bocetos el aparato de la actualidad (La Gioconda o Mona Lisa sonrió porque el tal Leo en un momento picante le comentó que él le andaba pedaleando la bicicleta al rico mercader del Giocondo).

El modelo contemporáneo, del artilugio con rayos y todo lo demás, tiene más de cien años y se sabe que hoy existen 800 millones de bicicletas en el planeta, aproximadamente. Los chinos y los holandeses son quienes más las usan. En el caso de los primeros, para explicarse los usos que le dan a dicho transporte debe verse el filme La bicicleta de Pekín, del año 2001, realizada por el cineasta Wang Xiaoshuai, ganadora del Oso de Plata de la Berinale.

De los segundos, se sabe que más de un millón de ejemplares de tal instrumento mecánico, más o menos, se desplazan por Ámsterdam, tan sólo. Prácticamente cada habitante tiene una. Es el transporte ideal para la ciudad. No hace ruido, no se embotella, no contamina, ocupa un espacio reducido y crea un mercado muy particular. Con ella se va a trabajar, a la escuela, de compras, al café, a la disco, al bar, de paseo o para hacer ejercicio, etcétera. El tráfico está organizado a su favor con carriles especiales en las avenidas, calles y parques, con semáforos, señales, estacionamientos y rutas establecidas. Pasear en ella es toda una experiencia. Es fácil, divertido, barato, va al ritmo de cada uno y de manera segura (con las debidas precauciones, claro).

II.- SABROSURA SOBRE RUEDAS

Por añadidura, ser ciclista en esta ciudad brinda, además de ventajas, muchos placeres. Uno de ellos es el de conocer sus recovecos. Y si es detrás del pedaleo de una suculenta lugareña tatuada, pues más. Son raras aquellas jóvenes amsterdamesas que no porten sobre sí un tatuaje (entre los 16 y los 30 años: el 75%, según las estadísticas). La moda en el vestir ofrece además la posibilidad de mirar esta galería corporal ambulante en toda su extensión.

Las camisetas cortas, entalladas, y los pantalones bajos en la cintura amplían el campo del observador para admirar a plenitud la estética del tatoo. Los vientres planos o ligeramente curvos son fantásticos expositores en este sentido, así como los escotes, hombros, antebrazos, nucas, muslos y tobillos (entre lo visible). Sin embargo, también la espalda baja y el principio del coxis revelan auténticas maravillas para el estudioso.

El escritor mexicano Julio Torri (1889-1970), gustador de los andares bicileteros, se hubiera vuelto loco de la emoción ante este panorama general. Este doctor en Letras, maestro universitario, reconocido talento por su labor literaria, escribió poco debido a su exacerbado perfeccionismo y quienes lo conocieron agregan, además, que “era tan afecto a los placeres que se distraía con facilidad”.

Este narrador fino y delicado de principios del siglo XX elaboró una obra, corta pero llena de fulgores, que fue resultado de la curiosidad por el espectáculo de la vida: “Todos somos un hombre que vive y un hombre que mira”—escribió—. Él, al que tanto le gustaba deambular sobre la entonces novedad modernista de las dos ruedas, con la intención de observar a las secretarias y demás mujeres que veía por las calles de su época, sería el acompañante perfecto para dialogar con respecto a lo que ante nuestra vista se presenta en los citadinos rumbos de la antigua Mokum.

El lugar para iniciar la aventura puede ser cualquiera, por fortuna las féminas siempre están ahí, en un ir y venir constante. Así que se trepa uno a la bicicleta en Koeningsplein, por ejemplo, y se sigue al primer exquisito trasero vislumbrado sobre tal armatoste. Habrá que pedalear acompasadamente para ajustarse al ritmo de esos glúteos frescos y portentosos. Y ahí, sin empacho alguno, estará el tatuaje mi querido Julio, justo en medio, arribita de las nalgas. Así que tras él para que nos hable sobre su portadora, del hoy y su poesía.

La poética de lo cotidiano es un asunto del cuerpo, ¿no es verdad? Quiero decir que para hacerse real tiene que afectar al cuerpo, porque finalmente uno es es lo que escucha, lo que come, las sensaciones que percibe, las vibraciones que penetran por los sentidos. Es una actividad completamente libre del espíritu humano. Y para hacer que tal situación se fije en la conciencia, la inteligencia (mucha o poca, según) “traducirá” dicha actividad en imágenes, y a ello lo conoceremos como simbolismo.

Con él cada uno de nosotros tiene la intención de recuperar la poética que vivimos a diario y con la que personalmente nos identificamos. Por eso las imágenes son polivalentes y no pueden expresarse en conceptos prontos y escuetos para definirlas.

Los reduccionistas de la mercadotecnia, los publicistas y diseñadores, idearon los letreros en las camisetas o T-shirts, pero algunas personas no son tan unidimensionales ni homogéneas como ellos quisieran, y requieren de algo más que una frase hecha para explicarse a los demás o al mundo. Ahí es cuando aparecen los símbolos como forma de conocimiento. Ellos dícen en síntesis por nosotros lo que requeriría de largas explicaciones (muchas veces incoherentes para el resto de la gente por el subjetivismo que conllevan).

Por eso a lo largo de la historia se ha usado al cuerpo como receptáculo de todo ello y se le transforma de acuerdo a las voluptuosidades de la fantasía o la moda. Una señal cualquiera en él puede agregar elementos intemperantes, modificar su atmósfera y resultar sugerente. El tatuaje por eso mismo es un dibujo sagrado en la piel. Es la evidencia perdurable de una experiencia vital (aunque si se trata sólo de un capricho de la moda será una marca fugaz a la que se buscará eliminar con el tiempo; lo sagrado del recuerdo será borrado como una vanalidad y el cuerpo quedará herido por su trivial detentador).

Ojalá no sea el caso de la muchacha que seguimos, estimado maestro, la cual por cierto se ha encargado de enseñarnos también una parte de la ciudad que destaca por su belleza: la Reguliersgracht. Con sus famosos siete puentes, arquitectura de 1600 y casas que llaman la atención por su diversidad o ciertas particularidades como la fachada de madera, la semejanza gemela en algunas de ellas o la inclinación debida al tiempo y al terreno pantanoso. Aquí fue donde también las mujeres ricas y aristócratas del siglo XVII iniciaron la moda del tatuaje en Europa, como atrevimiento exótico.

Nuestra guía involuntaria ha pasado asmismo por el que se supone un buen restaurante de comida mexicana por esta zona y a ti, goloso Julio, se te antojaron unas enchiladas, con albur incluído y todo (así que, regresaremos al lugar tras la tremenda andanza y comprobaremos que efectivamente es comida mexicana y no tex-mex, lo mismo que sus precios: quince euros y cincuenta centavos por un plato con dos enchiladas. Costos del Primer Mundo).

El tatuaje nos habló con ricura de la mujer y también nos dio la idea de deambular por esta urbe siguiendo al azar los tatuajes que se crucen en el camino, sin plan ni estrategia. A ver hasta dónde nos conduce un día completo de vouyerismo rampante. En el tiempo que nos ha tocado vivir, la poesía y su presencia habitual se ha manifestado con el grabado en la piel. En las mujeres resulta sensual y ahonda sus misterios, aunque no los haya.

Y ya que estamos en esto, admirado Julio, y en honor a tu investidura, me gustaría citar unas palabras de Paul Válery que vienen muy a cuento con la acción del día de hoy:

“Olvida ya tus inquietudes, / cede al placer que te propones;/ No pienses más y ven;/ entremezcla pasos y pausas/ como danza de graves rosas./ Aquí las delicias son causas/ suficientes para las cosas”.

III.- LA META(FÍSICA) DEL CICLISMO

Mejoraría mucho en salud nuestra vida masculina si pedaleáramos más y si habláramos mayormente sobre las mujeres que vemos mientras lo hacemos. Es decir, puede que no exista una eminencia médica o científica que avale lo que acabo de decir, pero entre los demás estoy seguro que sí. Excluyendo el perjuicio que pudieran acarrear los correctos de siempre o los timoratos que señalaran el asunto como perverso, desescontaré dicho efecto del asunto o, mejor aún, lo exaltaré para explayarme sobre los sentimientos y las emociones que tales acciones despiertan. Una terapia sin sofisticaciones para volcar el interior personal sobre el soñado cuerpo de la otredad (de ellas, por supuesto).

Toda acción requiere de un sonido, de un ritmo, que acompañe la aventura, y luego de pensarlo mucho creo que el adecuado sería el de un tambor o varios. Tiene que ver con el corazón y los latidos. Ya sean por el ejercicio, el balanceo o por el show que se nos presente por delante.

Ámsterdam no es una selva, ni una jungla, como la mayoría de las capitales en el mundo. Sus dimensiones tienen qué ver con ello. Es más bien un parque escultórico por el cual transitar de manera dilatada y sin prisas y el sonido de los cueros es inherente al goce de su atmósfera. Aunque parezca lo contrario como urbe nórdica. Sí, es una ciudad epicúrea, verdaderamenre sexy, si cabe el término. La arquitectura, el trazado de sus calles, los materiales y arena con el que están hechas lo es. El flujo del agua por sus canales también. Al igual que sus cafés y terrazas, sus restaurantes, tiendas y transportes públicos. El ambiente de todo ello lo forja su gente, con su diversidad y estética libérrima —la actualidad en el vestir y los usos que hacen de ella lo dicen todo—, con su delirante búsqueda del relax.

El tam tam amsterdamés tiene su propia síncopa. Y esta es femenina en definitiva. Lo disuelve a uno en su interior con distintas claves y grados, según la etnia a la que se le sigan los pasos. La ciudad tiene un compás cadencioso y dentro de él se insertan los de ellas. Es como un buen percusionista que sabe que siempre hay que proteger la rítmica común, tener un compás interior, cuidar del curso que la música sigue. Y la manera de protegerlo, de cuidarlo, es intercalar los otros compases en el suyo. Son las minucias que provocan un sentimiento extra. Este sentimiento es el que fundamenta el manifiesto colectivo.

Por eso es una maravilla que esta urbe contenga tantos estilos, sabe cómo cuidarlos (dándoles libertad) para que desplieguen todos los manjares de que disponen: las mujeres negras (africanas o caribeñas), con sus labios llenos, piernas tremendas, pechos opulentos y culos protuberantes para hincarles el emocionado diente de la pupila. Las asiáticas del Lejano Oriente (chinas, filipinas, tailandesas, coreanas, vietnamitas) y sus andares livianos, arropadados por la levedad de sus miradas y una sabiduría legendaria dibujada en el movimiento del cuerpo y sus significados, que a veces dejan avisorar por el rabillo del ojo para el regodeo fetichista.

Las latinas y sus matíces acanelados y el bamboleo voluptuoso de sus caderas, que invitan a la aventura por el Nuevo Mundo como polizones (encajosos) en las naves de la reina Isabel, por decir algo. Las asiáticas del Oriente Medio, con esos ojos de fábula o cuento de las Mil y una noches y talles que guardan el enigma aún bajo esos integrados pantalones Gucci o Prada o lo que sea, que parecen pintados sobre la piel más que puestos sobre ella o tras telas recatadas que piden a gritos mostrar sus riquezas encaramadas en tacones Prada o Gucci o lo que sea. Y las oriundas hijas de Rembrandt de belleza inconmensurable, cutis de melocotón, senos henchidos, risueños, juveniles, tanto como sus cinturas, piernas torneadas con ávida fantasía y traseros firmes que se pasean orgullosos con la luminosidad de Van Gogh y la chispa de Rietveld.

 

¡Ay, querido Julio Torri, qué grato ser público de imágenes que se mueven al ritmo delicioso del pedaleo! Abren con la fuerza de su tracción un concepto de adoración anatómica que mantiene latentes los guiños, las miradas directas sobre el abecedario de la piel y el íntimo aspecto del sueño libertino. Las figuras que van delante de nosotros son cuerpos que pertenecen al mundo, a la idealización fomentada por los sentidos.

Su aparición en cualquier straat, crucero, bulevar, camino, puente, jardín, parque, es una recompensa que cuenta con la facultad de proyectarla más allá del instante artificioso. Son festines que hacen la felicidad de un sencillo ciclista urbano, cual dádivas ambrosianas que la diosa Generosidad pone a nuestro alcance todos los días…yomi, yomi.

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